
La democracia como régimen político en Andalucía funciona mal. Ciertamente, hay asuntos en el caso andaluz aún más dramáticos para el ciudadano que en otras Comunidades; basta pensar que en Andalucía todavía no se ha demostrado que la democracia funcione con cierta calidad, entre otras razones, porque siempre ha gobernado el mismo partido: el PSOE. Sí, en Andalucía —así es la realidad de cruda—, resulta imposible medir la calidad de su democracia, porque ésta, según todos los teóricos de la democracia que cita Zapatero los días de fiesta, aún no tiene patrón de medida. En efecto, una sociedad que no ha vivido ningún tipo de alternancia política, o sea, un simple cambio de partidos en el poder, no puede medir su calidad democrática. ¿Qué puede esperarse —dirán ustedes—, de una sociedad política que no tiene patrón de medida política? Pues, cualquiera cosa puede pasar. Por el contrario, como es sabido, en Cataluña hubo un cambio de partidos en el poder. Antes gobernaba CiU y ahora lo hacen los socialistas en coalición con los independentistas y comunistas. Sin duda alguna, este cambio dota a esta Comunidad de una cierta calidad democrática respecto a la andaluza.
Sin embargo, tendemos a pensar que esa es una diferencia menor, si observamos, como diría cualquier maestrillo, que el partido devora a la sociedad en las dos Comunidades. En Andalucía es el PSOE la agencia política que todo lo domina. Sienta sus reales en el Estado, en el aparato administrativo, y desde allí ejerce su actividad socializadora, controladora y totalizadora. En Cataluña es el nacionalismo quien todo lo devora. Es cierto que el nacionalismo catalán tiene diferentes nombres, PSC, ERC, CiU e IC, pero, al final, funciona como un partido sobre el resto de los ciudadanos. En los dos casos, se trata de no dejar respirar libremente a la sociedad.